Hoy he estado colocando los recuerdos como piedritas que se arrodillan. Siento como se hacen más pequeños, como guijarros y se van acomodando solos, solos, tan solos. Y no quiero perder ninguno, trato de asegurarme de fijarlos bien, de colocarle pequeñas chinchetas para que no se caigan al suelo. Me aseguro de que ellos se hilvanen, se tejan, que pase un pequeño hilo entre esos guijarros y vayan formando pulseras, collares, inclusive música, sí, me gusta que suenen, porque eso me da una pequeña felicidad, como todas las felicidades.
Y lo recuerdo con ese aire de sabelotodo que tienen todos los adolescentes. Me encanta pensarlo así. De esta forma no lloro. Porque si lo pienso de cualquier otra forma, no encuentro consuelo, me doy cuenta de que ando caminando en fragmentos, que traigo girones en las manos y no sé dónde ponerlos en mi cuerpo, bueno, así me siento, y eso es lo real, no cómo me veo. Claro que me veo al espejo y me veo, no me veo a mí, sino a los recuerdos. No quiero olvidar nada de él, porque es como si se me escapara algo de eso que recuerdo. Y me aferro con los dientes a cada segundo de su vida, a fin de cuentas que son tan pocos años.
No quiero hablar de nada en concreto porque una vida contada puede siempre pasar a lo absurdo y una vida tan pequeña ... Sólo queda lo no dicho, lo no hablado, esa última palabra que se llenará de otras palabras como si quisieran descubrir el íntimo secreto del verbo, de esa voz que se quedó muda ya, sin decir, sin expresarse. Hoy tengo tantas palabras..., pero no tengo esa última, siempre esa última. ¿Habrá una última palabra? ¿Los muertos tendrán una última palabra? ¿La muerte cesa toda forma de habla? Hoy traigo a mi muerto a cuestas y él no cesa de hablar, de señalar, de decir, de expresar, y se me enreda en las manos, en los tobillos, en cada letra que escribo y en cada guiño y todo habla de él y yo hablo de él, y no ceso de pensar en él. ¿Hay de verdad una última palabra?
Saturday, March 10, 2007
Friday, March 9, 2007
¿Qué tamaño tiene el dolor?
de qué color es ese dolor que se va haciendo casi imperceptible, pero que sabes que está ahí, como un ciego que atravesara las calles con ese silencio que sólo ellos saben hacer. Sí, ese dolor que se acomoda en el alma, en cada uno de los poros del cuerpo, en cada coyuntura, en cada instante, en cada espacio, en cada recuerdo.
Lo abarca todo, de pronto, sí, lo abarca todo, y casi no hace ruido, se mete, se acomoda, se embarra en las paredes de mi cuerpo y casi no pesa. Sí, lo aprendí tardíamente, puedo elgir lo que quiera y en ese aspecto soy libre; pero no puedo elegir el querer mismo que determina mi elección; mis motivos me condicionan inexorablemente, con la rigurosa necesidad de cualquier otro encadenamiento causal del mundo físico. Alguna vez pensé o leí que el infierno era la sede de las acciones sin esperanzas, pero cuando no has llegado al infierno y las acciones no tiene esperanzas, ¿qué lugar ocupan ellas mismas? ¿Cuál es su sede?
de qué color es ese dolor que se va haciendo casi imperceptible, pero que sabes que está ahí, como un ciego que atravesara las calles con ese silencio que sólo ellos saben hacer. Sí, ese dolor que se acomoda en el alma, en cada uno de los poros del cuerpo, en cada coyuntura, en cada instante, en cada espacio, en cada recuerdo.
Lo abarca todo, de pronto, sí, lo abarca todo, y casi no hace ruido, se mete, se acomoda, se embarra en las paredes de mi cuerpo y casi no pesa. Sí, lo aprendí tardíamente, puedo elgir lo que quiera y en ese aspecto soy libre; pero no puedo elegir el querer mismo que determina mi elección; mis motivos me condicionan inexorablemente, con la rigurosa necesidad de cualquier otro encadenamiento causal del mundo físico. Alguna vez pensé o leí que el infierno era la sede de las acciones sin esperanzas, pero cuando no has llegado al infierno y las acciones no tiene esperanzas, ¿qué lugar ocupan ellas mismas? ¿Cuál es su sede?
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