Monday, February 26, 2007

Exorcizar la muerte

No sé si la muerte de un hijo sea el dolor más grave que podamos sentir los humanos, me lo han dicho muchas veces, lo he pensado otras tantas, no tengo idea de si es así. Se me murieron mis padres ya hace algún tiempo y desde entonces pensé que envejecer no era contar los años que se nos van acumulando como enredaderas en el cuerpo, sino contar los muertos. Ahora acabo de enterrar a mi hijo…, y me pregunto si él es ya un muerto más en mis ausencias, o es El muerto, o mi muerto. Lo pienso y se me caen los pensamientos arrodillados, se me cae el corazón, el alma, las uñas, los dedos, las ideas, el corazón a pedazos y me siento atravesado por la vida, y no encuentro respuestas. ¿Por qué tenemos que sobrevivir a nuestros hijos?

No sé si la muerte de un hijo sea el dolor más terrible que un ser humano pueda tener, de verdad, no lo sé. Me lo han dicho. Me lo cuentan, cuando me han dado el pésame mis amigos les veo las caras y apenas si me reconozco en ellas. En este instante, no sé si mi hijo es mi muerto. Sé que está muerto, que el ha entrado a ese mundo donde reina lo imposible. Y no sé si es mi muerto, porque yo lo lloro como mi vivo. Sé que está muerto, esto es lo que he aprendido en estos días que pasan cortando mi cuerpo, lacerándome con su enorme rueda, rasgándome a cada segundo, en cada instante y en cada esquina de mi casa, y me pego a las paredes como para escuchar el llanto y el espanto, y me acurruco en las esquinas para escuchar mi propio dolor, ahí, sí, ahí, ahí, ahí, ¡que se acurruque!, ¡que se arrodille!, ¡que no se levante!, que se quede como se quedan los muertos, como un dolor muerto.

No sé si la muerte de un hijo de 17 años es el dolor más tremendo que un ser humano pueda sentir. Lo había visto en las fotografías, he visto a una madre correr por las calles con el cuerpo de su hijo entre sus brazos y su dolor me desgarraba; he visto a un padre hincado apretándose al cuerpo yaciente de su hijo con el llanto estremecido por el dolor de esa sangre, de ese cuerpo, de ese ya no más, nunca más, jamás…, y borraba de antemano la imagen de mi vista y de mi atención porque ahí estaba la prueba de que ese llanto duele como ningún otro.

Y es verdad, no sé si ese sea el dolor más difícil, el más espinoso, el más inmenso el que se llena de adjetivos y de interjecciones porque es altisonante, porque suena de más, porque nos ensordece, porque nos deja sin palabras. No lo sé, de verdad no lo sé. Sólo puedo decir que es el sufrimiento más inasible porque se nos escapa de la comprensión, de la carne, de los dientes, de las manos como líquido. Sé que no tengo asideros, ninguno, y me caigo en sus recuerdos y ahí se mezclan los recuerdos buenos con los malos, los triviales con los importantes, aquellos que me hacían enojar con los que me daban mucha risa, esos que me asombraron por su capacidad de abstracción con los que me hacía pensar que se hacía el tonto porque no podía creer que fuera así de rígido con sus juicios o banal. Todos se mezclan, se confunden y empiezo a creer que hay recuerdos que he inventando y que no son reales, porque en este afán por retenerlo tengo la sensación de haberme inventado sueños, ideas, figuras, momentos, palabras, pensamientos. Y tampoco sé si lo que estoy pensando es real o me o he inventado (que para el caso es lo mismo).

Todos los recuerdos se me desgajan como una avalancha de piedras, se vuelcan sobre mí, con furia, sin orden, porque acaso su pequeña vida, como la mía, nunca tuvo concierto, sólo una música atonal, que no comprendimos ni él ni yo. Sus recuerdos se me vienen entre sus enojos y sus risas, se me agotan en las manos en medio de ese llanto desconsolado que alguna vez le escuché y yo desesperado por no saber qué hacer lo abracé con tanta fuerza que él terminó riéndose porque lo estaba ahogando. Nos reíamos mucho, a pesar de que a veces no nos entendíamos. Sus recuerdos se me acumulan por ahora y trato de guardarlos en una cajita pequeña, bien acomodados, para que no hagan mucho espacio y pueda traerlos de aquí para allá, de allá para acá, a mi lado, para sacarlos y conversar con ellos, para conjurar mi propio miedo, para conjurar su recuerdo, ese que se me metió de pronto entre los dedos, para que ni siquiera se note, porque se me llena de consternación la vida de sólo pensar que pudieran írseme yendo en pequeños fragmentos, con pequeños olvidos, con pequeñas comas y puntos, y tildes, sin que yo lo quiera, pero irremisiblemente.

Tengo tanto miedo de olvidar su voz, su mirada, el color de sus ojos, el perfil de su cara, ese lunar que hacía las veces de marca familiar. No quiero que se me vaya con el olvido y con el tiempo, no, no, no quiero que se me borre ni un detalle, ninguno porque olvidarlo es perderlo, acaso como se nos pierde también la vida.

Ahora acumulo recuerdos, como si fueran pequeños ladrillos con los que voy construyendo un refugio contra el olvido, acumulo recuerdos porque he tenido que sacar de varios lugares sus cuadernos, esos que, creo, todas las familias guardan; sí, los cuadernos de primaria, los del Kinder, esos que de tan pequeñitos están llenos de planas de soles, de lunas, de la letra A, de la B, de caritas, de palitos, de bolitas, esos donde empezó a iluminar pingüinos que tanto le gustaban (y nunca le dí a leer La isla de los pingüinos); su carnet de vacunas, sus estudios médicos, las boletas de calificaciones, sus visa para los Estados Unidos, su pasaporte, sus actas de nacimiento, su historia que ahora se me deshace. Como apenas crecía, su mundo se encierra tan fácilmente, eso no lo vio él, creo que no lo vio porque si lo hubiera visto sólo no se hubiera muerto, sólo por acumular y hacer que su vida fuera mucho más que dos maletas llenas de ropa, dos cajas de juguetes, dos bolsas de muñecos, dos cajas de libros, dos de todo lo demás. Es tan fácil encerrar una vida tan pequeña en dos maletas que a veces pienso que así debería de ser con los recuerdos, pero abro mis manos y es tan inasequible, tan inabordable, tan enorme que qué importa que su vida quedara encerrada en dos maletas si mi dolor de no tenerlo no se puede encerrar en toda mi vida. A veces sólo me recargo en sus recuerdos, en ellos y son menos difíciles, pero esto no compete a mi razón ni a mi entendimiento, corresponde al orden de lo imposible.

Y quiero olvidarlo, y pienso como Borges que las cosas siguen y que el mundo es indiferente a su vida y a su muerte, que todo sigue casi como ayer, como antier, como seguirá todos y cada uno de los días y él no estará ya, nunca más, y que no escucharé ese golpe de la puerta de su recámara cada vez que entraba o salía, ni me haré mala sangre porque ya nadie azotará la puerta, y yo no tendré que reñirlo, ni educarlo, ni cambiar sus actitudes. Y ya no volveré a dormirme en su cama como cuando él se iba de vacaciones y yo me refugiaba en su cama a manera de homenaje. Nunca pensé que yo era el que no aprendía a vivir sin él, porque nadie nos enseñó a vivir sin nuestros hijos. Esto es interminable, y sigo escribiendo y escribiendo para exorcizar su muerte, mi dolor, su dolor, el llanto insepulto, el llanto arrodillado, ese no más que de solo escribirlo me quema el alma.

Saturday, February 24, 2007

Santi

No había escrito desde hace tiempo, debo decir que sí lo he hecho y mucho, pero no aquí, sino a amigos, a personas que me han mandado un pésame por la muerte de mi hijo Santiago, de apenas 17 años. Escribo ahora aquí, como en otro blog, porque el dolor no sale a pesar de estarlo conjurando tantas y tantas veces, porque lo he llorado por todos lados y a todas horas, con cada persona y en cada rincón de su cuarto, acariciando sus últimos recuerdos que se desaparecen y no se me sale porque se pega a la piel, porque se me queda en las manos, porque se me queda en las lágrimas, en los dedos, en los ojos, en cada oración que no puedo pronunciar porque no me sé ninguna, ahí, ahí se queda, ciego, sordo, temblando.
Y sigo aquí, en mi máquina, escribiendo y escribiendo nada, queriendo describir y escribir lo inenarrable, sólo dándole vueltas a las palabras, como en un círculo, lleno de dolor, tratando de asir lo inasible. Porque nadie podría haberlo pensado, nadie podría haber pensado que la muerte llega así, de pronto, en esa convocatoria que uno puede hacer para el suicidio, nadie podría haber descrito que la muerte llega sin preámbulos y que se aferra con fuerza, sin aspavientos, sin decir nada, sola y en silencio, como llegan la oscuridad. Quiero creer que así es. Quiero creer, necesito creer que los seres humanos pueden tomar una decisión que escapa a cualquier orden racional y que de verdad ella delata una soberanía, un sí a la muerte, que mi ser padre ya no valía y que él se escapaba de la vida dejándome sólo su ausencia, esa ausencia que es la del lenguaje imposible. Hoy escribo con ese dolor pegajoso que se queda ahí, agazapado, listo para saltarnos a cada instante en el que la mente se descuida, y nos asalta como rata hambrienta y nos roe y nos llena de mordiscos y de ruidos que se tranforman como un grito enorme. Su ausencia me duele, me duele pensar, me duele sentir, me duele este silencio de mi hijo, me duele esa palabra que nunca sabré cuál fue y que él, sólo él pensó y nunca se escuchará. Me duele su recuerdo, las imágenes que se apoderan a cada instante de mis recuerdos, que se sobreponen a todo. Me duele el pensamiento. He empezado a borrarlo de mi, he empezado a borrar todos los recuerdos que tengo de él, borré su teléfono porque nunca me podré ya volver a comunicar con él, borré su último mensaje porque esas palabras me quemaban, luego borraré su cuarto cuando regale sus cosas. Me duele el llanto, me duele el dolor de no saberlo nunca más, me duelen sus 17 años, me duelen porque él quizá nunca alcanzó a entender cuánto lo quise a pesar de que se lo repetí cientos de veces. Hoy todavía escucho las paletadas de tierra, ese recuerdo del golpe de tierra sobre las láminas de cemento que hacen como un hueco en los ojos, que construyen ese ruido seco y duro como un estilete que se te va metiendo en la carne, en los huesos, hasta volverse un dolor físico. No soporto ese último recuerdo, escuchar las paletadas de tierra, el chirrido de las paletadas sobre las láminas de cemento, y luego ese polvo que se levanta cuando se va echando la tierra sobre la tumba. Me quedé en silencio ¿pues qué se dice cuando se van los muertos? Esto no parece tener fin, y no lo tiene porque apenas acaba de empezar. Hoy empiezo a vivir su silencio, su ausencia, sus recuerdos, sus palabras, sus gestos. Y mi obsesión. Esa última palabra que ya no está, esa última palabra que no sabré, ese último pensamiento que dejó como hoyo en la memoria familiar.

¿Cómo hago para que las palabras se hagan fuertes y no se me doblen? ¿Cómo hago para que las palabras tengan sentido y lleguen a sus oídos y no se conviertan en papel, sólo palabras de papel? ¿Cómo hago para que las palabras no sean como el agua que no puedes atrapara en las manos y se te escapan y se te convierten en un torrente que te inunda pero de llanto? Hoy, a casi un mes de su ausencia escribo todo esto para que me escuchen, para que me oigan, para que me atiendan y se queden sin palabras porque esto no tiene palabras.