No sé si la muerte de un hijo sea el dolor más grave que podamos sentir los humanos, me lo han dicho muchas veces, lo he pensado otras tantas, no tengo idea de si es así. Se me murieron mis padres ya hace algún tiempo y desde entonces pensé que envejecer no era contar los años que se nos van acumulando como enredaderas en el cuerpo, sino contar los muertos. Ahora acabo de enterrar a mi hijo…, y me pregunto si él es ya un muerto más en mis ausencias, o es El muerto, o mi muerto. Lo pienso y se me caen los pensamientos arrodillados, se me cae el corazón, el alma, las uñas, los dedos, las ideas, el corazón a pedazos y me siento atravesado por la vida, y no encuentro respuestas. ¿Por qué tenemos que sobrevivir a nuestros hijos?
No sé si la muerte de un hijo sea el dolor más terrible que un ser humano pueda tener, de verdad, no lo sé. Me lo han dicho. Me lo cuentan, cuando me han dado el pésame mis amigos les veo las caras y apenas si me reconozco en ellas. En este instante, no sé si mi hijo es mi muerto. Sé que está muerto, que el ha entrado a ese mundo donde reina lo imposible. Y no sé si es mi muerto, porque yo lo lloro como mi vivo. Sé que está muerto, esto es lo que he aprendido en estos días que pasan cortando mi cuerpo, lacerándome con su enorme rueda, rasgándome a cada segundo, en cada instante y en cada esquina de mi casa, y me pego a las paredes como para escuchar el llanto y el espanto, y me acurruco en las esquinas para escuchar mi propio dolor, ahí, sí, ahí, ahí, ahí, ¡que se acurruque!, ¡que se arrodille!, ¡que no se levante!, que se quede como se quedan los muertos, como un dolor muerto.
No sé si la muerte de un hijo de 17 años es el dolor más tremendo que un ser humano pueda sentir. Lo había visto en las fotografías, he visto a una madre correr por las calles con el cuerpo de su hijo entre sus brazos y su dolor me desgarraba; he visto a un padre hincado apretándose al cuerpo yaciente de su hijo con el llanto estremecido por el dolor de esa sangre, de ese cuerpo, de ese ya no más, nunca más, jamás…, y borraba de antemano la imagen de mi vista y de mi atención porque ahí estaba la prueba de que ese llanto duele como ningún otro.
Y es verdad, no sé si ese sea el dolor más difícil, el más espinoso, el más inmenso el que se llena de adjetivos y de interjecciones porque es altisonante, porque suena de más, porque nos ensordece, porque nos deja sin palabras. No lo sé, de verdad no lo sé. Sólo puedo decir que es el sufrimiento más inasible porque se nos escapa de la comprensión, de la carne, de los dientes, de las manos como líquido. Sé que no tengo asideros, ninguno, y me caigo en sus recuerdos y ahí se mezclan los recuerdos buenos con los malos, los triviales con los importantes, aquellos que me hacían enojar con los que me daban mucha risa, esos que me asombraron por su capacidad de abstracción con los que me hacía pensar que se hacía el tonto porque no podía creer que fuera así de rígido con sus juicios o banal. Todos se mezclan, se confunden y empiezo a creer que hay recuerdos que he inventando y que no son reales, porque en este afán por retenerlo tengo la sensación de haberme inventado sueños, ideas, figuras, momentos, palabras, pensamientos. Y tampoco sé si lo que estoy pensando es real o me o he inventado (que para el caso es lo mismo).
Todos los recuerdos se me desgajan como una avalancha de piedras, se vuelcan sobre mí, con furia, sin orden, porque acaso su pequeña vida, como la mía, nunca tuvo concierto, sólo una música atonal, que no comprendimos ni él ni yo. Sus recuerdos se me vienen entre sus enojos y sus risas, se me agotan en las manos en medio de ese llanto desconsolado que alguna vez le escuché y yo desesperado por no saber qué hacer lo abracé con tanta fuerza que él terminó riéndose porque lo estaba ahogando. Nos reíamos mucho, a pesar de que a veces no nos entendíamos. Sus recuerdos se me acumulan por ahora y trato de guardarlos en una cajita pequeña, bien acomodados, para que no hagan mucho espacio y pueda traerlos de aquí para allá, de allá para acá, a mi lado, para sacarlos y conversar con ellos, para conjurar mi propio miedo, para conjurar su recuerdo, ese que se me metió de pronto entre los dedos, para que ni siquiera se note, porque se me llena de consternación la vida de sólo pensar que pudieran írseme yendo en pequeños fragmentos, con pequeños olvidos, con pequeñas comas y puntos, y tildes, sin que yo lo quiera, pero irremisiblemente.
Tengo tanto miedo de olvidar su voz, su mirada, el color de sus ojos, el perfil de su cara, ese lunar que hacía las veces de marca familiar. No quiero que se me vaya con el olvido y con el tiempo, no, no, no quiero que se me borre ni un detalle, ninguno porque olvidarlo es perderlo, acaso como se nos pierde también la vida.
Ahora acumulo recuerdos, como si fueran pequeños ladrillos con los que voy construyendo un refugio contra el olvido, acumulo recuerdos porque he tenido que sacar de varios lugares sus cuadernos, esos que, creo, todas las familias guardan; sí, los cuadernos de primaria, los del Kinder, esos que de tan pequeñitos están llenos de planas de soles, de lunas, de la letra A, de la B, de caritas, de palitos, de bolitas, esos donde empezó a iluminar pingüinos que tanto le gustaban (y nunca le dí a leer La isla de los pingüinos); su carnet de vacunas, sus estudios médicos, las boletas de calificaciones, sus visa para los Estados Unidos, su pasaporte, sus actas de nacimiento, su historia que ahora se me deshace. Como apenas crecía, su mundo se encierra tan fácilmente, eso no lo vio él, creo que no lo vio porque si lo hubiera visto sólo no se hubiera muerto, sólo por acumular y hacer que su vida fuera mucho más que dos maletas llenas de ropa, dos cajas de juguetes, dos bolsas de muñecos, dos cajas de libros, dos de todo lo demás. Es tan fácil encerrar una vida tan pequeña en dos maletas que a veces pienso que así debería de ser con los recuerdos, pero abro mis manos y es tan inasequible, tan inabordable, tan enorme que qué importa que su vida quedara encerrada en dos maletas si mi dolor de no tenerlo no se puede encerrar en toda mi vida. A veces sólo me recargo en sus recuerdos, en ellos y son menos difíciles, pero esto no compete a mi razón ni a mi entendimiento, corresponde al orden de lo imposible.
Y quiero olvidarlo, y pienso como Borges que las cosas siguen y que el mundo es indiferente a su vida y a su muerte, que todo sigue casi como ayer, como antier, como seguirá todos y cada uno de los días y él no estará ya, nunca más, y que no escucharé ese golpe de la puerta de su recámara cada vez que entraba o salía, ni me haré mala sangre porque ya nadie azotará la puerta, y yo no tendré que reñirlo, ni educarlo, ni cambiar sus actitudes. Y ya no volveré a dormirme en su cama como cuando él se iba de vacaciones y yo me refugiaba en su cama a manera de homenaje. Nunca pensé que yo era el que no aprendía a vivir sin él, porque nadie nos enseñó a vivir sin nuestros hijos. Esto es interminable, y sigo escribiendo y escribiendo para exorcizar su muerte, mi dolor, su dolor, el llanto insepulto, el llanto arrodillado, ese no más que de solo escribirlo me quema el alma.
