Me preocupa la vejez, me asusta, me aterra y la descubro pegada a mis huesos, en el dolor de cada mañana, en la ceguera de mis ojos, en el cansancio que se acumula a lo largo del día, en ese dulce abrazo del sueño que ha de tener algo de similitud con la muerte. La descubro en los minutos que pasan inexorables porque se acumulan y entonces se hacen más pesados y ya no se resbalan sino que penetran, se escurren como la humedad entre los poros de mi cuerpo todo, al fin y al cabo sólo para descubrir que la vejez no se cuenta por años sino por muertos.
Tuesday, January 16, 2007
El amor siempre es una tentación, nos anima, nos jalona, nos descubre, nos desnuda, nos revela, sobre todo esto, nos revela. No existe nada más impúdico que un ser enamorado. El amor es una brusca claridad, la iluminación del fuego que consume y que aniquila, es lo increíble que nos hace palidecer de incredulidad cuando sabemos realmente que todo aquello que motivó ese amor fenece, allí termina todo, toda comparación, toda misericordia, toda indulgencia, el último vestigio de piedad, ahí nada sirve para consolarnos de su pérdida, por ello nos aferramos a mantenerlo. Queremos ese espacio en el que estamos desnudos, sin acentos y sin comas.
Wednesday, January 10, 2007
La moderna esclavitud: por siempre invisible
La periodista Thierry Parisot decía no hace mucho que los pensadores de la Iluminación condenaron, sin pensarlo dos veces, la esclavitud griega y romana, pero no dijeron nada del mercado de esclavos negros de la época en la que se encontraban, quizá pensaron como muchos hasta la fecha, que los negros no son seres humanos. Las cosas son similares hoy en día: condenamos la esclavitud pero no decimos nada de lo que pasa delante de nuestros propios ojos. En su forma clásica, la esclavitud tenía cinco características importantes: embrutecimiento, ausencia de todo tipo de derechos legales, compraventa, redes específicas y el hecho de que la esclavitud era la norma. Y, sin embargo, Todas estas características pueden verse en gran número de situaciones actuales. Hay 200 millones de esclavos en el mundo según Naciones Unidas. Imposible una cifra exacta porque la esclavitud moderna es invisible. Si está prohibida ella sólo puede continuar en secreto. Hoy ya no existen las cadenas, como no tienen ningúnpapel que los acredite como seres humanos ellos dejan de existir legalmente. Acudir a la policía, a un John Pérez, o un Bob Sánchez, o Peter Martínez (perros que sangran aún por el apellido) sobre todo en el caso de ciudadanos mexicanos, es arriesgarse a las peores vejaciones o a la cárcel.
El arte
En las culturas premodernas el arte tenía un sentido pedagógico: trasmitía los relatos sociales, mantenía los estrechos lazos religiosos y autentificaba esa trama que constituyó por siempre la polis. El arte siempre fue ese gozne con el que se conformaba el universo espiritual de esas comunidades. Sin duda también fue éste el origen de los vitrales y frescos de las iglesias medievales: Chartres, sobre todo Chartres mágico y voluptuso o la Saint Chapelle que cuando la conocí no pude menos que entender por primera vez en mi vida el por qué del sentimiento religioso, de esa educación sentimental. En aquellas épocas hubiera resultado incomprensible la idea moderna del arte como construcción de universos inestables y precarios, frágiles e imposible y siempre tentativos; los únicos que la mente contemporánea tolera.
Monday, January 8, 2007
Los hombres residuales
Hace tiempo me encontré con un libro: Teoría del residuo de la Editorial Manuscritos de Raúl Fernández que me pareció extraordinario, quizá por mi natural pesimismo, en el convencimiento enjuto de que todo esto que nos rodea se lo llevará la mierda y que todos colaboramos de manera conciente o inconsciente a ello. Freud dixit. Decía que el libro me sorprendió, agudo, tremendo, y de una editorial que sólo se puede conseguir por internet porque a los ladrones de las librerías sólo les interesa "lo que se vende", como a las editoriales, y como "lo que se vende" es lo que el público demanda, pues estamos hechos: lerdo + lerdo = la peor de las ignominias.
En este libro el autor se pregunta por el puesto del hombre en el mundo postindustrial. ¿Cuál es su lugar en las sociedades capitalistas desarrolladas? ¿Qué lugar ocupa actualmente en el orden del saber y de la ideología? Los saberes que lo tienen por objeto, ¿siguen ocupando un lugar preferente en la esfera del saber o han sido ya reemplazados por saberes de otro tipo? ¿Cuáles son los mitos de nuestro tiempo? ¿Qué metáforas rigen hoy nuestro imaginario? ¿Qué saberes asisten a la mirada que hoy vigila? ¿Cuáles conforman nuestra realidad?
Su reflexión es tremendamente radical. El autor constata el carácter "residual" del hombre en nuestro mundo de hoy, y trata de establecer su genealogía. En las sociedades capitalistas desarrolladas hay ciencias y técnicas especializadas en la eliminación de los residuos, saberes orientados a su extinción controlada, que tratan de evitar los efectos negativos que ésta pueda inducir en el entorno. Si el hombre ha pasado de ser un "recurso" a ser un "residuo" del capital, ¿puede esperar acaso distinta suerte que la del resto de los residuos? Con la globalización la construcción del orden y el progreso económico tienen lugar por todas partes la producción de residuos humanos así como su expulsión en cantidades cada vez mayores. Refugiados, desocupados, semidesocupados, pobres, inmigrantes "ilegales“, son los cuerpos visibles de la humanidad residual. No hay orden sin residuo, la noción misma de orden la que requiere que algo se recorte y se excluya, no es probable que ninguna línea trazada con el fin de separar los residuos de un producto útil permanezca incuestionada. Nadie se siente realmente seguro, nadie sabe en qué momento puede acabar en el cesto de la basura
La apertura al mundo
No queremos morir, eso es indudable, a pesar de todo queremos neciamente pervivir, pero no en el recuerdo, ni en los otros, sino uno aquí, hoy, mañana, pasado mañana, todos los días, afanosamente, sin concesiones. Somos seres condenados a la fuga hacia adelante, hacia eso que alguien llamó maravillosamente "la apertura al mundo".
Sunday, January 7, 2007
Ese imprescindible y funesto YO
Hoy todos sabemos que el yo y la individualidad son cosas de la modernidad. En la Edad Media la persona tenía dificultad para separar su cuerpo siquiera del entorno en que se encontraba. Ni qué pensarlo de otra manera. Por ejemplo, la manía de la higiene es algo que no sólo hace relación a la preservación de la vida y de la salud, sino a la tendencia a aislar y a definir, a delimitar y separar mi cuerpo, a darle un lugar, a hacerlo presente. Pero pensemos tan solo que en la antigüedad griega el yo no gozaba de ese status tan tremendo hoy le otorgamos. Decimos YO y es como escriturar el mundo. Decimos YO y la boca apenas si puede contenerlo y todo lo necesitamos firmar, y señalar como mío, como de mi YO, ese YO tan grande que corresponde al tamaño de mi narciso. Por eso las acusaciones de plagio están a la orden por los siempre enanos del YO. Puaf, qué ridículo, qué estúpido, como si no fuéramos plagiarios de todo lo que somos. De otra manera tendríamos que ser como Funes, aunque hasta él se dio cuenta de lo improbable de que cada cosa tuviera su propio nombre. Plagiamos todo, desde un miserable artículito de un honesto profesor, o de una gran novela, de un motivo para una fotografía o de un tema para un gran cuadro, plagiamos lo que sea, hasta un epígrafe, siempre estamos plagiando. Ña modernidad nos ha enseñado a firmar, a ser un "autor" sin la auctoritas que provenía sólo de Dios.
Recuerdo al divertido Camilo José Cela, a quien acusaron de plagio; recuerdo al siempre excepcional Paul Celan a quien también una pobre mujer acusó de plagiario; supongo que a los ratoncitos de todos los tiempos esto debió de haberles dado un enorme gusto.
Lector improbable, plágiame lo que quieras si es que ves algo que valga la pena, que para eso está y ni me des crédito, que me harás el favor de mantenerme en el maravilloso anonimato. He aprendido de los griegos que atribuían escaso espesor psicológico al "yo". Pero de quienes deberíamos de aprender es de los micénicos que ni siquiera conocieron el concepto. Cabe preguntarse si el “YO” sería posible en una cultura arcaica en la que el espejo todavía no se hubiera inventado. La posibilidad de ver la propia imagen reflejada residía sólo en usar la superficie del agua a manera de espejo. El mito de Narciso surge de la contemplación embelezada de su imagen en el lago y de la tragedia de que en la mirada esa misma imagen se le escapara. Nadie parte, en la biografía del conocimiento, del yo, sino del tú y del nosotros.
