Hoy todos sabemos que el yo y la individualidad son cosas de la modernidad. En la Edad Media la persona tenía dificultad para separar su cuerpo siquiera del entorno en que se encontraba. Ni qué pensarlo de otra manera. Por ejemplo, la manía de la higiene es algo que no sólo hace relación a la preservación de la vida y de la salud, sino a la tendencia a aislar y a definir, a delimitar y separar mi cuerpo, a darle un lugar, a hacerlo presente. Pero pensemos tan solo que en la antigüedad griega el yo no gozaba de ese status tan tremendo hoy le otorgamos. Decimos YO y es como escriturar el mundo. Decimos YO y la boca apenas si puede contenerlo y todo lo necesitamos firmar, y señalar como mío, como de mi YO, ese YO tan grande que corresponde al tamaño de mi narciso. Por eso las acusaciones de plagio están a la orden por los siempre enanos del YO. Puaf, qué ridículo, qué estúpido, como si no fuéramos plagiarios de todo lo que somos. De otra manera tendríamos que ser como Funes, aunque hasta él se dio cuenta de lo improbable de que cada cosa tuviera su propio nombre. Plagiamos todo, desde un miserable artículito de un honesto profesor, o de una gran novela, de un motivo para una fotografía o de un tema para un gran cuadro, plagiamos lo que sea, hasta un epígrafe, siempre estamos plagiando. Ña modernidad nos ha enseñado a firmar, a ser un "autor" sin la auctoritas que provenía sólo de Dios.
Recuerdo al divertido Camilo José Cela, a quien acusaron de plagio; recuerdo al siempre excepcional Paul Celan a quien también una pobre mujer acusó de plagiario; supongo que a los ratoncitos de todos los tiempos esto debió de haberles dado un enorme gusto.
Lector improbable, plágiame lo que quieras si es que ves algo que valga la pena, que para eso está y ni me des crédito, que me harás el favor de mantenerme en el maravilloso anonimato. He aprendido de los griegos que atribuían escaso espesor psicológico al "yo". Pero de quienes deberíamos de aprender es de los micénicos que ni siquiera conocieron el concepto. Cabe preguntarse si el “YO” sería posible en una cultura arcaica en la que el espejo todavía no se hubiera inventado. La posibilidad de ver la propia imagen reflejada residía sólo en usar la superficie del agua a manera de espejo. El mito de Narciso surge de la contemplación embelezada de su imagen en el lago y de la tragedia de que en la mirada esa misma imagen se le escapara. Nadie parte, en la biografía del conocimiento, del yo, sino del tú y del nosotros.

1 comments:
Cortázar decía "escribimos de prestado". Y creo que es cierto en muchos sentidos, sólo cambiamos el modo, pero siempre estaremos en la reescritura, incluso de nosotros mismos, de nuestra historia que no vemos diferente hasta que la vemos a través de la historia de otro, nuestro propio rostro cambia cuando otra persona nos ha dicho que es distinto y deja de ser eso que en realidad deseamos ser, y tal vez es cuando confundimos el yo con el deseo que tenemos de ese mismo yo.
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