Wednesday, December 27, 2006

Imposible destino

No quería escribir, tenía un miedo terrible, desde la última vez en la que borré páginas y páginas de un blog anterior. No tengo humor, me siento desfallecer y aunque sé que nunca atentaría contra de mi vida, sé que el suicidio es una estratagema del cerebro, una aventura que siempre se me antoja como posible, ¿por qué no? Luego de haber creído en Dios, el descreimiento es tremendo, me desdibuja, me borra, como una ola de mar que arrastra mi nombre y con ello todo lo que él forma y da forma y sentido, y acción y pasión y horizonte y trazo, y metáfora e imagen. Porque al final de cuentas, como dicen todos los filósofos (y en eso coinciden aún los más dispares), somos lenguaje. ¿De verdad? Supongo que es cierto, que los filósofos son sabios distraídos o simplemente torpes ciudadanos que se refugian en las palabras y en los sistemas para no dar la cara y quedar aturdidos de tanta sabiduría con la que luego no saben qué hacer. Recuerdo las Beiträge zu einer Kritik der Sprache de Mauthner, como La interpretación de los sueños de Freud, aparecieron en 1899 (cosa que Freud eludió y las hizo pasar como aprecida en 1900). Mauthner en esa obra escribía que los usos del habla y de la escritura en las sociedades modernas occidentales estaban fatalmente enfermos, todos los leviatanes retóricos, decía, eran clichés sin vida, jerga sin sentido, falsedades intencionadas o inconscientes, el lenguaje finalmente se convirtió en causa y síntoma de la senilidad de nuestro mundo. Wittgenstein, como dice el maravilloso Steiner "intentó ocultar, mediante una alusión despectiva, la fuerza ejercida por las tesis de Mauthner sobre su Tractatus".

Hofmannsthal, en su Carta de lord Chandos, hace que el protagonista abandone su vocaciónpoética y todas las necesidades de habla adicional excepto las más imprescindibles, con este guiño, como gusta decir, Idalia, nos dice que las palabras y la sintaxis humanas son de forma ridícula, insuficientes para alcanzar la sustancia resistente, la materia existencial del mundo y nuestras vidas interiores. El habla no puede articular las verdades más profundas de la conciencia ni puede transmitir nada de lo que es una rosa, una simple rosa, menos lo que expresa el amor, por eso Joyce lo llamó epifanía o Mallarmé situó ahí la soberanía autista de la palabra.

Entonces, ¿qué es lo que alcanza nuestra totalidad? ¿que es lo que nos da esa cercanía a ese todo que con el lenguaje no podemos expresar? ¿Qué derecho tiene el hombre allenguaje cuando sólo puede articular culpa, enfermedad y falsedad?